Cuentos País

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Puerto Aguirre, en la región de Aysén, debe ser uno de los lugares más escondidos del planeta. Ubicado en el archipiélago de Islas Huichas, a más de cinco horas de navegación desde el punto más cercano en el continente, aparece de repente entre fiordos y canales como un colorido poblado. “Una vez dentro, es muy difícil salir”, dicen los pescadores en referencia a sus complejas condiciones de accesibilidad.

Para el tiempo en que comenzaba mi segunda temporada en esta localidad de la Patagonia Chilena, existían varias alternativas para viajar desde la isla hacia otros destinos. La manera más tradicional era abordar la barcaza Alejandrina, que tenía la particularidad de andar siempre repleta de pasajeros, todos desperdigados como refugiados de guerra, entre la cabina y la cubierta. El segundo medio de transporte era el catamarán Sognekongen, moderna y confortable nave que dejaba a sus pasajeros en Puerto Chacabuco después de algunas horas. Otra oportunidad de salir la otorgaba una avioneta que, después de volar en zigzag, dejaba a los malogrados ocupantes en medio de la ciudad de Puerto Aysén.

A pesar de todas estas opciones para viajar, existía un imponderable que ni la persona más sabia podía prever, ni el medio de transporte más seguro era capaz de enfrentar: el clima. El clima en la zona,  en donde básicamente llueve, era una institución respetada e impredecible. Solía registrarse en un corto lapso, la más suave brisa del sur y lo más estruendoso e implacable del viento norte. Y todo esto lo comprobé gracias a mi novia.

Fue en una apacible pero lluviosa tarde de Abril, Habíamos terminado recién de comernos un “patache de culén” que unos amigos prepararon. “Si no hay almeja, culén” solían decir. De repente sonó el telefono: era mi novia desde Santiago. Llamaba para contarme que había recibido un parte de matrimonio de una vieja amiga suya del colegio. Se casaba en Concepción el mes que venía y me rogó que pudiera estar presente allí para acompañarla. “De allá somos”, dije sin pensarlo mucho.

En las semanas siguientes, el tema del matrimonio pasó rápidamente a un segundo plano. Mis preocupaciones tenían más que ver con todo aquello que tuviera una sigla por denominación: FONDART, FNDR, SII, etc. Sin embargo, al acercarse la fecha del magno evento, comencé a planificar lo que sería el viaje hasta Concepción.

Resulta ser que necesitaba llegar, a más tardar, un día sábado a mediodía. Descarté tomar la barcaza la noche del domingo anterior, porque necesitaba quedarme un par de días más para teminar de instalar algunos procesos. El tiempo estaba calmita y, de seguro, no habría problemas con la avioneta que venía a mitad de semana. También, seguiría con los quehaceres locales, como compartir un mate amargo y un truco, tradicional juego de naipes de la Patagonia.

Llegado el día miércoles, bajé a la oficina desde mi casa en el cerro, cargado con una mochila inusualmente pesada, por unos matutes que me habían encargado unos amigos. “Iguales cargas no pesan, pero se ladian“, dijeron para alentarme a llevar sus mercancías al continente. A eso de las once de la mañana, figuraba a un costado de la pista de aterrizaje con mi carga, cuando vi acercarse la camioneta de carabineros directo hacia donde yo estaba.

“No va a venir el avión”, dijo con tono burlesco el único representante de la ley en la isla, mientras se bajaba del vehículo y me explicaba cómo la avioneta había realizado un aterrizaje de emergencia en su base de Puerto Aysén, después de unos minutos de vuelo y con un ala menos. Como no tenía tiempo para pensar en la gravedad de los hechos, recordé entonces que el catamarán pasaría temprano al siguiente día. “¡Ya!, tomo el cata, me bajo en Puerto Montt, tomo un bus a Conce y listo”, reflexioné.

A las nueve de la mañana del jueves, esperaba puntual el atraque en el muelle viejo. La mochila seguía pesada, pero ahora la única carga adicional era mi mandolina, que decidí llevar para distraerme y relajarme un rato durante el viaje. “No va a venir el cata“, dijo tras de mí una voz familiar. A esa altura debí suponerlo cuando me vi esperando solo en el muelle. El puerto de salida del catamarán estaba cerrado por mal tiempo, pero el viernes partiría sin falta en su horario normal.

Esa misma noche, se desató la tormenta de lluvia y viento más fuerte que se recuerde en el canal Moraleda. Pensé positivamente que el tiempo se arreglaría durante la madrugada. Aunque el viento norte siguió pegando fuerte y la marea estaba mala para navegar, el cata apareció esa mañana imponente por entre los islotes al sureste de la isla. Esta vez bajé el cerro corriendo, fui el primero en abordar, y me senté estratégicamente para poder ver las películas que exhibían a bordo durante el trayecto. Es importante mencionar que dichas películas se estrenaban, por arte de magia, simultáneamente en Santiago y en el Sognekongen.

El viaje comenzó con un recorrido por caletas de pescadores del litoral norte de Aysén. En cada puerto aparecían pequeños botes trayendo a los nuevos pasajeros desde tierra firme. Es que no siempre las instalaciones portuarias permitían el atraque. Haciendo cálculos, estaría en Puerto Montt al anochecer de ese día viernes, y llegaría a Concepción incluso con anticipación al mediodía del sábado. En eso estaba cuando el catamarán enfiló hacia el Corcovado, furioso paso entre el archipiélago de las Guaitecas y Quellón, en el extremo sur de Chiloé. Si las condiciones del momento ya dificultaban la navegación, la cosa se complicó aún más al rato después.

“Señores pasajeros, debido a las malas condciones del tiempo, volveremos al puerto de abrigo más cercano a esperar que pase la tormenta”, dijo el capitán por el altoparlante. Retrocedimos entonces a Puerto Gala, un pequeño caserío dividido entre varios islotes conectados por pasarelas. Por fortuna el lugar contaba con un centro de llamados. “Cabina siete”, me dijo el encargado señalando el único teléfono existente. Al otro lado de la línea, y con varios segundos de retraso por cada palabra, mi novia escuchaba perpleja el relato de mi viaje. “Pero alcanzo a llegar a la fiesta de todas maneras”, le dije con convicción.

Esa noche dormí en el suelo del cata hasta que me despertó el rugir de los motores, que habían arrancado para llevarnos al destino final. “No va a llegar a Puerto Montt”, escuché un rumor por ahí. Claro, a pesar del buen tiempo al día siguiente, el Sognekongen llegó sólo hasta Quellón, y de ahí no se movió más. Entonces, el mismo sábado abordé un bus que me llevó directamente a Puerto Montt, y de ahí otro más, hasta que al fin llegué a Concepción.

Algunas semanas después, ya de vuelta en Puerto Aguirre, conversaba por teléfono con mi novia. Todavía nos reíamos de que me pasó un caso y que jamás alcancé a estar a tiempo, ni para el matrimonio en la iglesia, ni para la fiesta posterior; pero sí llegué a Conce la madrugada del domingo y me quedé un par de días más. Fue en esa misma conversación que me contó, muy feliz y emocionada, que íbamos a ser padres.

 

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